Reflexión en la Palabra de Dios
El amor de Dios: eterno e inmutable
Desde el principio de los tiempos, el amor de Dios ha sido la fuerza que sostiene la creación. Su amor no cambia con las circunstancias ni depende de nuestras obras o méritos. Como está escrito en Jeremías, capítulo 31, versículo 3: “Con amor eterno te he amado”. El amor de Dios trasciende el tiempo y la comprensión humana. A diferencia del amor humano, que puede variar según las emociones y las circunstancias, el amor del Altísimo permanece firme e inquebrantable.
El amor de Dios se manifiesta en la entrega de Yeshúa el Mesías, quien dio su vida para que pudiéramos ser reconciliados con el Padre. Romanos, capítulo 5, versículo 8, enseña que Dios mostró su amor hacia nosotros aun siendo pecadores. Asimismo, Romanos, capítulo 8, versículos 38 y 39, nos asegura que ni la muerte, ni la vida, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Yeshúa el Mesías.
Porque su amor es inmutable, Él nos llama a confiar plenamente en su cuidado. No debemos cargar solos nuestras preocupaciones, sino entregárselas con fe. Primera de Pedro, capítulo 5, versículo 7, nos exhorta a poner en Él toda nuestra ansiedad, porque Él cuida de nosotros. Cuando depositamos nuestras preocupaciones en sus manos, encontramos descanso y seguridad. Su amor nos sostiene en los momentos de incertidumbre y nos guía con ternura. No importa qué desafíos enfrentemos, podemos confiar en que su misericordia permanece para siempre. Por eso, el Salmo 136, versículo 1, nos llama a dar gracias al Eterno, porque Él es bueno y su misericordia es para siempre.
La guerra y los conflictos
Las guerras y los conflictos son realidades dolorosas que han acompañado a la humanidad a lo largo de su historia. Cuando estos acontecimientos afectan a Israel y a Jerusalén, adquieren además una importancia especial para quienes estudian las Escrituras, debido al lugar que esta tierra ocupa en la historia bíblica y en los propósitos de Dios.
La tierra de Israel ocupa un lugar central en numerosos acontecimientos narrados en las Escrituras. Jerusalén, en particular, aparece repetidamente vinculada a la historia del pueblo de Dios, a las palabras de los profetas y a la esperanza de una paz futura.
La Biblia también muestra que los conflictos forman parte de las consecuencias del pecado y de la condición humana. Por eso, frente a la guerra, el creyente no debe alimentar el odio, sino buscar la justicia, la misericordia y la paz.La oración por la paz de Jerusalén
Las Escrituras nos llaman a orar por la paz de Jerusalén. En el Salmo 122, versículos 6 al 9, se nos exhorta a pedir por su paz y por el bienestar de quienes la aman. La palabra hebrea shalom expresa mucho más que la ausencia de guerra. Habla también de bienestar, integridad, seguridad y plenitud. Por eso, pedir por la paz de Jerusalén significa clamar no solamente por el fin de la violencia, sino también por una paz completa conforme a la voluntad de Dios.
Jerusalén ocupa un lugar especial en las Escrituras. Primera de Reyes, capítulo 11, versículo 36, habla de la ciudad relacionada con el nombre de Dios; y Zacarías, capítulo 14, versículos 16 y 17, presenta una visión futura en la que las naciones acudirán a Jerusalén.
Podemos orar: “Padre celestial, venimos delante de ti para pedir por la paz de Jerusalén. Protege a sus habitantes y permite que tu shalom reine dentro de sus muros. Bendice a quienes buscan su bienestar. Que se cumpla tu propósito y que las naciones reconozcan tu gloria. En el nombre de Yeshúa, el Mesías. Amén.” Para quienes creen en Yeshúa, Jerusalén está también profundamente relacionada con su vida y con la esperanza de su regreso. Zacarías, capítulo 14, versículo 4, habla del monte de los Olivos en el contexto del día del Eterno, y Apocalipsis, capítulo 21, versículo 2, presenta la visión de la nueva Jerusalén.Por eso, orar por Jerusalén es también mantener viva la esperanza en el cumplimiento de las promesas de Dios.La raíz del conflicto: El pecado
La realidad del pecado y el conflicto humano es un tema central en la narrativa bíblica y una verdad que impacta profundamente nuestra experiencia diaria en el mundo. Desde los primeros capítulos de la Biblia, en Génesis 3, vemos que el pecado entra en el mundo a través de la desobediencia de Adán y Eva, rompiendo la perfecta armonía que existía entre Dios, los seres humanos y la creación. Este acto de desobediencia no solo separa al hombre de Dios, sino que también introduce el conflicto, el sufrimiento y la muerte en el mundo. Desde entonces, la historia humana ha sido marcada por las consecuencias del pecado, incluyendo las guerras, el odio y la injusticia.
En términos de conflicto humano, la Biblia enseña que el pecado es la raíz de todas las formas de violencia y guerra. Santiago 4 vesiculo 1 y 2 plantea la pregunta: ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís." Este pasaje muestra que el origen de los conflictos entre los seres humanos está en las pasiones desordenadas, los deseos egoístas, la envidia y la codicia. El pecado nos lleva a poner nuestros propios intereses por encima de los demás y, en última instancia, nos separa de la comunión con Dios y con los otros.
El valor de la vida humana y La promesa de paz futura
Cada vida humana tiene un valor infinito ante los ojos de Dios. El mandamiento "No matarás" Éxodo 20 vesiculo 13 nos recuerda el valor de la vida y la responsabilidad de preservarla. El sufrimiento de los inocentes en cualquier conflicto es desgarrador, y como creyentes, debemos recordar que toda vida es sagrada y que Dios es un Dios de justicia. El profeta Isaías nos ofrece una visión de un futuro en el que las guerras cesarán y reinará la paz: "Forjarán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra" (Isaías 2:4). Esta promesa apunta a un tiempo en el que el Mesías reinará en justicia y traerá la paz verdadera, una paz que el mundo no puede dar.
La responsabilidad del creyente
En medio del caos y la incertidumbre, los creyentes están llamados a ser agentes de paz y reconciliación. Yeshúa dijo en Mateo 5:9: "Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios." Nuestro papel es orar, buscar la justicia, mostrar compasión por los que sufren y ser luces de esperanza en un mundo lleno de oscuridad."
El retorno del Mesías
Los conflictos en Israel muchas veces despiertan en los creyentes una reflexión sobre los tiempos finales y el retorno de Yeshúa HaMashíaj. El Nuevo Testamento enseña que estos conflictos son parte de un patrón más amplio que se cumplirá antes del regreso de Yeshúa, cuando traerá justicia y paz verdadera a toda la tierra (Mateo 24, Apocalipsis 19). Sin embargo, mientras esperamos ese día, debemos ser fieles en nuestras oraciones y acciones, recordando que solo Dios puede traer la paz duradera.
La solución: La redención en Yeshúa el Mesias
La buena noticia del evangelio es que Dios no nos ha dejado atrapados en el poder del pecado y el conflicto. A través de Yeshúa , el Mesías, Dios ha provisto un camino para la reconciliación y la paz verdadera. Romanos 5:1 dice: "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo." Esta paz con Dios es el primer paso para la sanidad de todas las relaciones quebradas. Yeshúa no solo ofrece paz con Dios, sino que también nos da el poder para ser pacificadores en un mundo lleno de conflicto. Mateo 5:9 nos dice: Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios." A través de la obra del Espíritu Santo en nosotros, podemos ser transformados y capacitados para vivir de una manera que promueva la paz, la justicia y el amor en lugar del conflicto, la violencia y el odio.
La esperanza futura: El reino de paz
La Biblia también nos da la esperanza de un futuro donde todo conflicto y pecado serán eliminados. En Apocalipsis 21:4, leemos: "Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron." Este es el destino final del pueblo de Dios, un reino donde la paz perfecta reinará y el pecado y el conflicto serán erradicados para siempre. Hasta que llegue ese día, los creyentes son llamados a ser testigos del amor de Dios, a vivir como embajadores de la paz y a proclamar la esperanza del evangelio en un mundo lleno de conflicto. Sabemos que, aunque el pecado y el conflicto son realidades presentes, la obra de Dios se cumple en Yeshua el Mesías
La Obra de la Redención en la Cruz
Uno de los aspectos más fundamentales en los que se cumple la obra de Dios es en la cruz. En Juan 19:30, cuando Yeshúa está a punto de morir, pronuncia las palabras: "Consumado es." Este momento marca el cumplimiento total de la obra redentora de Dios, porque en la cruz, Yeshúa paga el precio completo por los pecados de la humanidad. Dios había establecido desde tiempos antiguos que sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados (Levítico 17:11, Hebreos 9:22).
En el sistema sacrificial del antiguo pacto, los sacrificios de animales eran solo una sombra del sacrificio perfecto que vendría. Yeshúa es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29), ofreciendo su vida como el sacrificio perfecto de una vez para siempre. En Yeshúa, se cumplen las expectativas del pacto. Él establece el nuevo pacto profetizado en Jeremías 31:31-34, donde Dios promete escribir Su ley en los corazones de las personas y ofrecer perdón completo. Este nuevo pacto es ratificado por la sangre de Yeshúa, trayendo redención y reconciliación entre Dios y la humanidad.
La Resurrección y el Cumplimiento de la Victoria de Dios
"La resurrección de Yeshúa es el evento decisivo que confirma que la obra de Dios ha sido cumplida en Su totalidad. En Romanos 1:4, se declara que Yeshúa fue "declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos." La resurrección no solo es la victoria sobre la muerte y el pecado, sino que también es la garantía de la nueva vida eterna que Dios ofrece a todos los que creen en Él. La resurrección es la culminación del plan redentor de Dios y el comienzo de una nueva era en la que aquellos que confían en Yeshúa son nuevas criaturas (2 Corintios 5:17) y participan de la victoria sobre la muerte, el pecado y el poder de Satanás."
La Promesa de Su Retorno y el Cumplimiento Final
Aunque la obra redentora de Yeshúa fue completa en la cruz y confirmada en Su resurrección, la obra de Dios tiene un cumplimiento final en el retorno del Mesías. Las Escrituras enseñan que Yeshúa volverá para restaurar todas las cosas y establecer el reino definitivo de Dios en la tierra. En Hechos 3:21, Pedro habla del retorno de Yeshúa como el momento en el que se cumplirá la restauración completa de todas las cosas, tal como fue profetizado. El Apocalipsis 21:1-4 nos ofrece una visión del fin de los tiempos, Un cielo nuevo y una tierra nueva, y toda lágrima será enjugada, y no habrá más muerte, ni clamor, ni dolor. Este es el cumplimiento final de la obra de Dios, y Yeshúa es el centro de esa restauración.
Todo Se Cumple en Yeshúa
La obra de Dios, desde la creación del mundo hasta la redención de la humanidad, se cumple de manera perfecta y completa en Yeshúa el Mesías. Desde las promesas y profecías del Tanaj hasta la redención en la cruz y la victoria de la resurrección, todo el plan de Dios se centra en la persona de Yeshúa. Él es el cumplimiento de la Ley y los Profetas, el Redentor que pagó por nuestros pecados, el Rey Resucitado que venció a la muerte, y el Mesías que volverá para completar la restauración del mundo.
En Yeshúa, vemos el amor, la justicia y la fidelidad de Dios manifestados plenamente. Hebreos 1:3 nos dice que Yeshúa es el "resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de Su sustancia", lo que significa que todo lo que Dios ha revelado acerca de Sí mismo se ve claramente en la obra y persona de Yeshúa. Por lo tanto, la obra de Dios no solo se cumple en Yeshúa, sino que también se extiende a todos aquellos que lo aceptan como Señor y Salvador, ofreciéndoles vida eterna y la esperanza de un futuro en Su reino perfecto.La Naturaleza de los Milagros de Yeshua el Mesías
Desde los antiguos tiempos profetizados en las Escrituras del Tanaj, el pueblo de Israel esperaba la manifestación del Ungido de Dios: el Mesías. Cuando Yeshua de Nazaret apareció en Galilea, no lo hizo como un rey terrenal ni como un guerrero conquistador, sino como un siervo lleno de compasión, poder y verdad. Sus milagros fueron señales vivas del cumplimiento profético y del amor del Creador por Su pueblo.
Señales del Reino de Dios
Cada milagro de Yeshua era más que un simple acto sobrenatural; era una manifestación del Reino de los Cielos tocando la tierra. Cuando sanaba a un ciego, resucitaba a un muerto, multiplicaba el pan o calmaba la tormenta, estaba demostrando que el Dios de Israel estaba actuando entre Su pueblo.
“Si por el Espíritu de Dios expulso los demonios, ciertamente el Reino de Dios ha llegado a vosotros.” (Mateo 12:28)
Los milagros de Yeshua eran señales del amanecer de una nueva era: la restauración de todas las cosas anunciada por los profetas.
Cumplimiento de la Profecía Mesiánica
El profeta Isaías, siglos antes, había proclamado cómo sería el tiempo del Mesías:
“Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se destaparán. Entonces el cojo saltará como un ciervo…” (Isaías 35:5-6)
Yeshua cumplió estas palabras con exactitud. Cuando Juan el Bautista, desde la prisión, preguntó si Él era el esperado, Yeshua respondió:
“Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la buena noticia.” (Lucas 7:22)
Milagros Movidos por la Compasión
Una característica que marcó todos los milagros de Yeshua fue su profunda compasión. No realizaba prodigios para impresionar a las multitudes, sino porque amaba a las personas. Sanaba a los marginados, tocaba a los intocables (como los leprosos) y restauraba la dignidad de los olvidados.
“Y al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.” (Mateo 9:36)
Autoridad sobre Toda la Creación
Los milagros también revelaban que Yeshua tenía autoridad divina. No solo sanaba cuerpos, sino que perdonaba pecados (Marcos 2:5-12), expulsaba demonios (Lucas 4:33-36), dominaba las fuerzas de la naturaleza (Marcos 4:39) y vencía incluso a la muerte (Juan 11:43-44).
En estos actos se manifestaba no solo el profeta, sino el Hijo del Dios Viviente, aquel de quien habló Daniel:
“He aquí con las nubes del cielo venía uno como hijo de hombre... y le fue dado dominio, gloria y reino...” (Daniel 7:13-14)
Anticipo de la Redención Futura
Los milagros de Yeshua no fueron solo intervenciones momentáneas. Fueron anticipo de la redención completa que Él trajo y traerá en plenitud en su regreso. En el Reino venidero no habrá llanto, dolor ni muerte. Lo que hizo en parte durante su primera venida, lo hará en totalidad cuando regrese como Rey.
“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos... ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor...” (Apocalipsis 21:4)
Conclusión: Milagros que Llaman a la Fe
Los milagros de Yeshua el Mesías fueron, y siguen siendo, llamados a la fe viva. No son leyendas antiguas ni simples enseñanzas simbólicas, sino hechos reales que testifican que Él es el Ungido de Dios, el Salvador prometido desde el principio.
“Estas cosas se han escrito para que creáis que Yeshua es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.” (Juan 20:31)
Hoy, sus milagros siguen vivos en la transformación de millones de vidas. Él sigue sanando corazones, restaurando familias y ofreciendo vida eterna a todo aquel que cree.
La Importancia de la Revelación por el Espíritu
La Biblia misma enseña que la verdadera comprensión de la Palabra de Dios proviene del Espíritu Santo, quien guía a los creyentes a toda verdad. Yeshua prometió que el Espíritu nos enseñaría y recordaría todas las cosas que Él nos ha dicho (Juan 14:26). Esto implica que la revelación y el entendimiento de las Escrituras son, en última instancia, obra de Dios en el corazón de cada creyente que busca sinceramente Su guía. La sabiduría y revelación espiritual no son alcanzables solo a través de la razón humana o el conocimiento intelectual. Pablo, en 1 Corintios 2:10-14, enfatiza que solo el Espíritu de Dios puede revelar las profundidades de Su sabiduría. Él menciona: Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios... Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente (1 Corintios 2:10, 14). Este pasaje subraya la importancia de depender del Espíritu para interpretar y aplicar la Palabra de Dios en nuestras vidas. Es el Espíritu quien da vida a las palabras de las Escrituras y permite que estas cobren sentido en el contexto de nuestras experiencias y necesidades espirituales.
La Palabra de Dios como Fuente Principal
Como mencionas, repetir la Palabra y destacarla es fundamental. Las Escrituras mismas son "inspiradas por Dios" (2 Timoteo 3:16) y son suficientes para instruirnos en justicia, corregirnos y ayudarnos a vivir en el camino de Dios. Yeshua mismo resistió las tentaciones de Satanás citando la Escritura (Mateo 4:1-11), mostrando el poder de la Palabra cuando es usada con fe y convicción. La Biblia es, por tanto, una guía viva y eficaz, y memorizarla, recitarla y meditar en ella son prácticas valiosas. Hebreos 4:12 lo describe así Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
El Papel de la Teología y el Estudio
Es verdad que en muchos debates bíblicos se menciona a teólogos o estudiosos, y eso puede a veces desplazar la sencillez de depender del Espíritu. Sin embargo, el estudio bíblico y el conocimiento teológico pueden tener un valor si se utilizan con humildad y bajo la guía del Espíritu. Un verdadero estudioso de la Biblia debe ser consciente de que el entendimiento viene primero de Dios, y que su misión es ayudar a iluminar la Palabra sin imponer interpretaciones humanas. No obstante, como bien mencionas, nuestra confianza debe estar en la revelación directa del Espíritu Santo y no en la sabiduría humana. El verdadero entendimiento de las Escrituras es personal, directo y siempre está disponible para cada creyente que busque a Dios con un corazón abierto. la revelación mediante el Espíritu de Dios y en la repetición de la Palabra es muy sabio y refleja una fe genuina. La Biblia es la fuente principal, y el Espíritu es nuestro maestro. Al repetir y meditar en las Escrituras, nos abrimos a la guía del Espíritu Santo, quien revela la verdad divina de manera viva y poderosa. Así, más que confiar en explicaciones humanas, debemos enfocarnos en lo que Dios mismo nos revela y nos enseña a través de Su Palabra viva.
Sin santidad, nadie verá al Señor
Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor." — Hebreos 12:14
Introducción
¿El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?
Muchos han sido adoctrinado con la doctrina de la Trinidad, que enseña que Dios está dividido en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta idea fue desarrollada siglos después de los apóstoles, especialmente en el Concilio de Nicea en el año 325 y el de Constantinopla en el año 381. Sin embargo, esta doctrina no se encuentra en el Tanaj ni en el Nuevo Testamento original
La Escritura es clara: Dios es Uno. Como dice el Shema, “Adonai nuestro Dios, Adonai uno es”, en (Deuteronomio 6:4). El Padre es el único Dios eterno, invisible, que nadie ha visto jamás, como enseña (1Timoteo 6:16). Pero desde el principio, Dios se manifestó a través de su Hijo, quien es su imagen visible, como dice (Colosenses 1:15). Fue el Hijo quien dio a conocer al Padre, según (Juan 1:18), y por medio de Él fueron creadas todas las cosas, como dice (Juan 1:3).
No es otro dios, ni una parte de Dios, sino su Palabra viva, su expresión visible. Cuando Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen, hablaba con su Palabra, con su Hijo. Nosotros fuimos creados conforme a la imagen del Hijo, quien es la imagen del Padre. El Hijo es quien vino en carne como Yeshua el Mesías. No fue el Padre quien murió en la cruz, sino el Hijo, el siervo obediente. Yeshua dijo claramente: “Yo no he venido por mi propia cuenta, el Padre me envió, yo hablo lo que Él me enseñó.
En el huerto, Yeshua no oró a otro igual a Él, sino al único que lo podía librar: el Padre. Como dice (Hebreos 5:7), “con gran clamor y lágrimas, ofreció ruegos al que lo podía librar de la muerte Y fue obediente hasta la muerte, no por ser otro Dios, sino el Hijo que cumple la voluntad del Padre. Si fueran dos Dioses, no habría necesidad de súplica. Pero Yeshua, siendo Hijo, aprendió obediencia, (Hebreos 5:8). Por eso Dios lo exaltó, (Filipenses 2:9).
En cuanto al Espíritu Santo, no es una tercera persona divina separada. Es el mismo Espíritu del Eterno. David dijo en el (Salmo 51:11): No quites de mí tu Espíritu Santo. Sansón clamaba por ese mismo Espíritu. (Isaías 63:10) habla del Espíritu de Dios entristecido. En (Juan 14:26), Yeshua dice que el Padre enviará el Consolador. No es otro ser, es el mismo Dios obrando en su Espíritu. Como David escribió en el (Salmo 139:7): ¿Adónde huiré de tu Espíritu?.
El Espíritu Santo no actúa por su cuenta. Es el poder, la santidad, la vida activa de Dios mismo habitando en nosotros. No se gobierna solo ni es otro Dios. Por eso, no hay tres dioses. Hay un solo Dios que se ha manifestado en su Hijo y que actúa por su Espíritu. El Hijo es la imagen, el mensajero, el redentor. El Espíritu es el poder del Eterno en acción. Y el Padre es la fuente de todo, el que será “todo en todos” cuando el Hijo entregue el Reino cumplido, (1Corintios 15:28). Esta es la unidad verdadera de Dios según las Escrituras: un solo Elohim y un solo propósito eterno revelado en Yeshua el Mesías.
¿El ser humano ha intentado ponerle un nombre a Dios?
A lo largo de los siglos, el ser humano ha intentado ponerle un nombre a Dios. Algunos lo llaman Jehová, otros Yahweh, otros usan títulos como El Shaddai, Elohim, Adonai, o Hashem, que simplemente significa “el Nombre”. Pero lo cierto es que el Eterno no reveló su nombre como un sonido para ser repetido, sino como una identidad divina que va más allá de las letras. (Éxodo 3:14), cuando Moisés habló con Dios en la zarza ardiente, le preguntó: “¿Cuál es tu nombre?”, y la respuesta fue: “Ehyeh Asher Ehyeh”, que significa “Yo soy el que soy” o “Seré el que seré” No le dio un nombre como los humanos lo entienden, sino una declaración de existencia eterna.
Moisés, aunque habló con Dios “cara a cara”, no recibió una palabra exacta para llamar a Dios por un nombre personal, sino que simplemente lo identificó como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob El llamado “nombre Jehová” surgió mucho más tarde, cuando los escribas medievales tomaron las cuatro letras del Tetragrámaton (Yod Hei Vav Hei) y le insertaron las vocales de Adonai, como una guía para no pronunciar el nombre real. El resultado fue el nombre híbrido “Jehová”, que nunca existió en la época bíblica."
Yahweh es un intento más cercano, pero sigue siendo una reconstrucción humana. Incluso los sabios judíos nunca se atrevieron a vocalizar el Nombre sagrado, por eso en la lectura pública decían Adonai, o simplemente HaShem. Pero la revelación verdadera del carácter de Dios no vino a través de Moisés, ni por los profetas, sino por su Hijo. (Juan 1:18): “A Dios nadie lo ha visto jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer."
Yeshua no vino a enseñar cómo pronunciar el Nombre divino, vino a revelar quién es Él: El Padre. Por eso, cuando enseñó a orar, no dijo “Jehová nuestro” ni “Yahweh nuestro”. Dijo: “Padre nuestro que estás en los cielos.” Esa fue la revelación más poderosa: que el Dios eterno no es solo un Creador le jano, sino un Padre cercano."
Isaías 9:6, El Mesías es llamado “Padre eterno”, mostrando que en Yeshua se manifiesta ese mismo carácter del Eterno. Él no vino a corregir un nombre, sino a acercarnos al corazón del Dios viviente. Como Él mismo dijo: “El Padre me envió.” Yo hago lo que el Padre me enseñó.” El Padre y yo uno somos.” Y como dijo también: “Nadie viene al Padre sino por mí.” Su propósito fue reconciliarnos con el Padre, no entregarnos una fórmula mística. Nos dio acceso, relación, y vida eterna en comunión con el Dios que antes era inaccesible."
Por tanto, el verdadero nombre que debemos conocer no es una pronunciación exacta, sino una relación viva: Padre. Yeshua vino a revelarlo. Él es quien nos abrió el camino. Dios sigue siendo el mismo Eterno, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, pero ahora podemos acercarnos a Él con confianza, llamándolo Padre, porque el Hijo nos lo ha dado a conocer.
El significado y la importancia del nombre Yeshúa
El nombre Yeshúa, que es la forma original del nombre que se traduce comúnmente como "Jesús", significa "El Eterno salva" o "Salvación del Eterno". Esta misma raíz se encuentra en el nombre "Josué" (Yehoshúa), lo que muestra que ambos nombres comparten el mismo significado profundo: la salvación proviene del Eterno.
Cuando Moisés cambió el nombre de Oseas (Hoshea) a Josué (Yehoshúa), lo hizo para reflejar su misión y el papel que tendría en la historia del pueblo de Israel. Josué, cuyo nombre significa El Eterno es salvación", fue quien lideró al pueblo de Israel a la Tierra Prometida, prefigurando la obra de salvación que Yeshúa (el Mesías) realizaría para toda la humanidad.
Por otro lado, el nombre "Jesús" no conserva ese significado en su transliteración al griego y posteriormente al latín, perdiendo la conexión directa con "El Eterno salva". Esta es una de las razones por las que preferimos usar "Yeshúa", para mantener el sentido original y recordar que su misión y su identidad están ligadas a la salvación que proviene del Eterno.
Así, al referirnos a él como Yeshúa, no solo honramos su verdadero nombre, sino que también resaltamos su papel como el Salvador enviado por el Eterno, tal como fue reconocido por sus discípulos y seguidores desde el principio.